Cuando pensamos en nosotros ¿en quién pensamos?



Uno de los sentimientos más generalizados en la sociedad actual es el de ser incapaces de generar un cambio, ni a nivel individual ni a nivel colectivo. Pero si nosotros hemos sido los que hemos articulado el mundo tal cual existe hoy ¿Por qué nos sentimos incapaces de generar un cambio? ¿Poro qué sentimos que nuestras acciones a nivel individual son inútiles? ¿Por qué somos incapaces de ver en las desgracias del otro nuestras desgracias? ¿Por qué vemos catástrofes y las vemos tan lejanas? ¿Por qué vemos en el otro a alguien diferente a nosotros?


Antes de la Revolución Industrial, las personas eran pagadas según los productos que vendían. Utilizaban sus casas como centros de producción. Premiaban las laborales artesanales que tenían un ritmo de producción distinto. No era producción, era creación. Las personas se relacionaban con los otros para crear porque era necesario. Cada uno tenía un rol para el beneficio del otro. El beneficio del otro residía el beneficio individual. La creación tenía valor.


Tras la revolución industrial, se abandonaron los hogares para “crear” en las fábricas. La creación dejó de ser creación al ser intervenido por una máquina, aumentar el ritmo y dejar de lado la artesanía. Las personas dejaron de ser pagadas por objetos que creaban a ser pagadas por horas de producción (tiempo). Todos tenían ahora el mismo rol y se individualizó el beneficio.


Hoy más que nunca y sobre todo en las grandes ciudades, los hogares se han quedado vacíos, vivimos en las “fábricas”. Los hogares ya no son rentables. No necesitamos al otro. No tenemos comunidad. Nuestra creación ya no tiene valor, solo lo tiene nuestro tiempo. Al poner valor al tiempo, estamos capitalizando activos que no son capitalizables o por lo menos no deberían. Por eso muchas veces sentimos presión, ansiedad, porque hemos añadido valor al tiempo, por eso creemos que perdemos el tiempo cuando no hacemos algo productivo y esto a nivel humano es un error, es un suicidio.


Esta es la estructura que seguimos teniendo ahora y ha tenido grandes consecuencias: a nivel social, a nivel estructural. Como dice Byun-Chul Han: “Hoy es necesaria una revolución temporal que haga que comience un tiempo totalmente distinto. Se trata de redescubrir el tiempo del otro. La actual crisis temporal no es la aceleración, sino la totalización del tiempo del yo. Esta estructura capitalista-narcisista hace que nos desconectemos del otro. Que nos veamos como seres individuales y por eso mismo perdemos poder. Nos sentimos inútiles o incapaces de generar cambio. Lo que nos da poder es la comunidad y como hemos perdido esa comunidad por el narcisismo, nos sentimos impotentes ante cualquier situación de cambio.

No solamente hemos perdido la conexión con la “comunidad” humana sino también con la mayor comunidad que existe: el planeta. Nos hemos separado del ecosistema natural y eso traerá consecuencias. Si en verdad utilizáramos la naturaleza como parte de nosotros nos daríamos cuenta que en ella reside también la solución. Al ser un ecosistema tiene la capacidad de regenerarnos. Pero a veces nos parece imposible, porque vivimos en una sociedad narcisista en donde el capitalismo y la necesidad de producir ha hecho que incluso nuestra vida y la vida de los que tenemos a lado se convierta en una oportunidad de producción en lugar de una comunidad. Esto se traslada a nivel individual y a nivel colectivo, a la política, a las estructuras sociales que creamos, a la arquitectura urbana y estructura educacional. Vivimos en la fantasía de una comunidad que no existe porque se ha convertido en individualista.


Hemos confundido la forma natural de relacionarnos. Hemos confundido la comunicación con la información. Las relaciones con la interacción. La comunidad con la cantidad. Tenemos que dejar de hablar de la “naturaleza” como algo que existe allí separado de nosotros. Nosotros somos la naturaleza, en la medida en la que demos espacio a esa regeneración, daremos espacio a nuestra vida. Solo tenemos que dejar que actúe y al hacerlo volveremos a ser parte del ecosistema.

Las relaciones (tanto entre individuos de un ecosistema como entre ecosistemas) requieren tiempo y el ritmo que llevamos ahora y la perspectiva económica del tiempo no nos permite mantener relaciones entre nosotros ni mucho menos con nosotros mismos. Nos damos poco o nada de tiempo para nosotros. Durante estos últimos meses nos hemos dado cuenta que el ritmo de vida que llevábamos era excesivo, que tal vez debemos llevar un ritmo más parecido al que llevábamos en el confinamiento. Un ritmo pausado, reflexivo, colectivo. Nos dimos cuenta de cuánto de importante es el hogar y qué poca atención le prestábamos.

Las relaciones también requieren de saber escuchar al otro y de silencio. Y el ritmo no nos permite escuchar. El silencio está infravalorado. ¿Cómo no vamos a tener depresión y ansiedad? Si hemos perdido nuestro linaje como seres humanos. Hemos perdido también la conexión real con los otros. Hemos perdido la sensación de comunidad y por ende de nosotros mismos.


Tal como exponía Olafur Eliasson en una exposición en el Museo Guggenheim de Bilbao … “Cuando pensamos en “nosotros” ¿En quién pensamos?” ¿Para quién trabajamos? ¿Para quién diseñamos? ¿Para quién producimos?


Espero que el cambio de perspectiva que hemos tenido en los últimos meses nos haga reflexionar sobre el poder que tenemos como individuos y por ende como comunidad. De pensar en que lo que tenemos hoy lo hemos construido con las acciones individuales de cada uno de nosotros. Que lo que hacemos impacta, influye y modifica tanto a nosotros como a nuestro entorno. Cuando realmente analicemos y percibamos la fuerza y la capacidad de cambio que tenemos, tal vez ese día, podamos empezar a re-construir lo que hemos roto y volver a encontrarnos con los otros y por ende con nosotros mismos.