La felicidad y el futuro de los modelos familiares


El tema de la “felicidad” no es un tema ni mucho menos nuevo o que corresponda a este siglo aunque pareciera serlo. En el CES del 2020 pudimos observar la cantidad de inversiones tecnológicas en el desarrollo del bienestar tanto físico como mental de las personas, ya que pese a todos los avances tecnológicos con los que contamos ahora vivimos en una era en donde el 14% de jóvenes de entre 18 y 24 años del mundo padece de la mayor pandemia de este siglo: la ansiedad. Una sociedad en la que teóricamente vivimos mejor que antes, sin embargo nuestra mayor enfermedad es la ansiedad, causante de otras muchas millones de enfermedades como el cáncer, la depresión, suicidios y muchos otros trastornos. Una situación que es transversal a países y más común en contextos de mayor alcance económico y material.

Desde hace siglos se ha estudiado la “felicidad” a través de filósofos como Aristóteles, quién afirmaba que la felicidad es la aspiración humana por excelencia y la atañe a las virtudes. O Epicuro, que pensaba que se conseguía únicamente a través de técnicas espirituales (tan famosas hoy) o Jose Ortega y Gasset que afirmaba que la felicidad era aquello que separaba la vida deseada con la vida obtenida. Todos estos filósofos y pensadores han indagado, investigado y reflexionado sobre algo que nos ha “intrigado” como raza humana desde hace siglos.

Empezaría primero por definir qué es lo que entendemos por “felicidad”, atreviéndome a decir que esta definición varía según cada individuo, edad y contexto. La felicidad puede ser descrita por los jóvenes como algo emocionante mientras que para los adultos algo mucho más cercano a la tranquilidad. Para los países en guerra y situaciones complicadas la felicidad puede significar tener algo que comer mientras que para los países desarrollados y grandes ciudades puede significar tener más cosas materiales.

¿Entonces en qué radica nuestra concepción de la felicidad?

En las sociedades occidentales sobre todo, es muy común el asociar un estado de felicidad a cosas probablemente materiales pero sobre todo lo tenemos altamente asociado a las relaciones con otras personas y sobre todo con el concepto de “familia”. Muchas personas asocian la felicidad a tener una pareja, a formar una familia y a cumplir con los estándares sociales marcados por la cultura y contexto social en el cual nos desarrollamos sumado a las posesiones materiales que ello conlleva: comprar una casa, buenos colegios, campamentos… El “arraigamiento”, el establecerte “con alguien y en algún sitio” parece sentar las bases de lo que desde hace años hemos ido forjando como “felicidad”. Es algo que hacemos casi de forma innata. Estudias, creces, conoces a alguien y después de algunos años la presión social y los estereotipos culturales hacen que mentalmente empiece a contar el reloj marcha atrás, y siendo mujer, mucho más. El miedo a pensar en que tal vez después te arrepientas de no formar una familia o tener hijos hace que los individuos se planteen mejor arriesgar a por el contrario pensar en una opción B o en otros modelos familiares. Pero esto está cambiando, en los últimos años las estilos de vida “diversos” han aumentado en casi todos los países. Sabemos que las generaciones más jóvenes entienden el arraigo de una forma diferente y se han atrevido a vivir de forma “nómada” y a quitar valor al concepto tradicional familiar como potenciador de su felicidad y de su propósito en este mundo.

Las familias de hoy en día cada vez tienen más variables: existen casados, con pareja estable pero no casados, pero también, solteros, solteros con pareja informal, solteros con hijos (familias mono-parentales), divorciados, viudos y en muchos países con varias parejas. De hecho, hoy en día, los individuos que viven solos son la mayor tendencia socio-demográfica en muchos países. Hoy en día viven de forma individual casi el 15% de personas en el mundo frente a un 4% en 1990. Y en Europa el porcentaje de hogares de una sola persona en la mayoría de ciudades europeas ha excedido ya el 50% y en países como Suecia, Noruega, Dinamarca y Alemania son ya el 40% del total de hogares. Al rededor del mundo, le guste a quién le guste y frente a cualquier prejuicio o creencia, los solteros son el grupo creciente socio-demográficamente en casi todo el mundo.

Esto no tiene únicamente que ver con creencias individuales y re formulación de conceptos, también tiene que ver con las nuevas “formas de ser” pero sobre todo con el contexto económico, social y cultural. Muchas personas en mega-ciudades encuentran inviable el vivir solos por los altos precios de las viviendas, las pocas opciones tanto legales como comerciales para establecerse como individuos independientes, y con hijos ya ni pensarlo. El mundo se esta convirtiendo en un mundo de “solteros” pero culturalmente el desapruebo sigue siendo alto, tanto social como contextualmente.

¿Qué pasa en países como La India en donde la norma común es que uno de los familiares tenga que vivir fuera la mayoría del tiempo para poder enviar dinero a sus familiares? ¿Se consideraría una vida en pareja? ¿En qué radica el “vivir en pareja”? ¿En un papel firmado ante el juzgado? ¿En una promesa de corazón? ¿En vivir juntos pero sin estar casados? ¿O se podrían tener varias parejas?

¿Podríamos pensar en una sola definición de estilos familiares o tendríamos que trabajar en abrirlo para tener varios modelos de estilos de vida? ¿Y cómo estas definiciones afectan a nuestro concepto de “felicidad”? ¿Necesitamos una re-definición? Para re-definir algo necesitamos tiempo para reflexionar y bases para hacerlo posible.

Creo firmemente que desde que hemos dejado atrás las humanidades (por separarlas de la ciencia aunque como ya he comentado en algunos otros artículos, las humanidades son en su mayoría la base de casi todas las ciencias y por ende complementarias) hemos perdido una asignatura que considero primordial para el desenvolvimiento del ser humano individual y colectivamente: la filosofía. Aquella asignatura que nos hace reflexionar sobre quienes somos, sobre que queremos hacer y cómo queremos trascender, respuestas que son tan individuales como personas existen en el mundo y tendrían que ser libres de estereotipos y condiciones mercadeables por la publicidad. La misma asignatura que entre muchas otras ha tratado el tema de la “felicidad” como hemos visto antes.

Desde hace algunos años, se ha demostrado que la felicidad no existe tal cual sino que es la suma de distintas variables y sobre todo de distintos contextos como antes he mencionado. Incluso en los últimos años la felicidad se ha tomado como base para medir el “desarrollo” o crecimiento de los países como alternativa al famoso GDP que mide únicamente conceptos económicos y mercantiles globales.

Me vienen entonces y como siempre muchas preguntas a la cabeza: ¿Cómo van a ser los países en 40 años con una población en su mayoría adulta y también soltera? ¿Tendríamos que estar diseñando y planificando para individuos y no para familias? ¿Cómo vamos a fomentar las relaciones sociales en realidades individuales?¿Cuál es el papel del gobierno en una visión a futuro de la sociedad que plantean gobernar? ¿Qué concepto tenemos sobre la soledad? ¿No tener pareja significa estar solo? ¿Sabemos estar solos? ¿Nos permite el contexto estarlo?

¿En qué basas tu la felicidad?